domingo, 16 de noviembre de 2014

Las Pelayas, eternas, como las rosas rojas

No sé si muchas de las personas que visitan este blog saben quiénes son "Las Pelayas".

Así como tampoco estoy muy segura de si muchas de las personas que me leen saben quiénes fueron realmente "Las trece rosas rojas".

Necesito que, antes de que comencéis a leer este post sepáis quiénes son ambas, para que podáis entender mejor la actividad que he compartido hace algunos días con miembros de esta última asociación que he mencionado, en un monasterio en el que viven, "oran et laboran" unas religiosas llamadas cariñosamente por los ovetenses, así: "pelayas".

Las conocidas como "pelayas" son unas monjas de clausura de la orden benedictina, que habitan, sucediéndose en los siglos, desde el IX, el monasterio, originalmente dedicado a San Juan Bautista, pero que desde el siglo X cambia el nombre al de San Pelayo, por albergar, desde entonces, las reliquias de este niño cristiano y mártir gallego, al parecer torturado y asesinado por Abderramán III al no someterse, ni a sus deseos de convertirle al Islam, ni a sus deseos sexuales.

Las "pelayas" son, en la actualidad, 27 monjas, expertas, entre otras bondades, en el canto gregoriano. No en vano colaboran en su enseñanza, ya desde los orígenes de la facultad de Musicología, con la Universidad de Oviedo, impartiendo todos los meses de noviembre, un curso a los alumnos que así lo deciden, siendo, asimismo, únicas en la restauración de libros incunables y en ofrecer una hospedería digna de un convento milenario a todo aquel peregrino que desee compartir con ellas sus muros y estancias situadas fuera de clausura.

En Oviedo son consideradas como una joya material y espiritual, a las que se les ha concedido la Medalla de Oro de la ciudad, amén de ser muy queridas por todos los asturianos de toda edad y condición, sobremanera tras haber participado recientemente, abriendo las puertas de su convento (salvo la clausura, obviamente), en las dos últimas ediciones de esa cita cultural llamada en toda España " La Noche Blanca".

Por otro lado, las llamadas "trece rosas rojas" fueron trece mujeres, muy jóvenes, entre los 18 y los 29 años, fusiladas por la policía franquista el 5 de agosto de 1939 contra la tapia del Cementerio de la Almudena, en Madrid, por militar en las Juventudes Socialistas Unificadas y defender la República cuando la Guerra Civil finalizó en nuestro país.

Previamente se les había torturado en los calabozos de la comisaría de Madrid y hacinado en una angustiosa espera, en una prisión para mujeres. 

Parece ser que el detonante de esta dolorosísima masacre había sido el asesinato de un comandante de la Guardia Civil, en julio de ese mismo año, por parte de tres militantes de dichas Juventudes Socialistas Unificadas.

En Oviedo, esta asociación "Trece rosas rojas" tiene como presidenta a la concejala socialista en el Ayuntamiento, Laura Díez Prieto, y organiza con mucha frecuencia unas interesantes visitas a diversos equipamientos de nuestra región, que tienen un gran éxito de convocatoria.

Me entero de que van a realizar una visita al Monasterio de San Pelayo y me apunto porque, a pesar de que en mi actividad como guía de Turismo del Principado de Asturias es un monumento del que hablo muy a menudo a mis clientes, siempre está bien "actualizar" datos y conocimientos.
                                                             

Se producen los primeros saludos y encuentros. Se dan cita un número importante de personas, rondando las treinta.

Posado del grupo, yo como fotógrafa para mi blog, que para ello también había ido...
                                                                    

Entramos y somos recibidos por Sor Covadonga.


Pasamos a la capilla, totalmente restaurada tras los destrozos de la Revolución de octubre de 1934 y de la Guerra Civil, donde Sor Covadonga, imagino que en un ejercicio de perdón y olvido eterno muy asimilado, nos hizo un relato de la historia del monasterio y de la comunidad que allí habita desde el siglo IX.

Son, como ella dijo y siempre se repite: "las vecinas más antiguas de Oviedo". 

Bajo estas líneas, Sor Covadonga, en plena alocución al respetuoso público de asociados.
                                                                 

Una imagen de la sacristía, delicada y luminosa.


San Blas, protector de las gargantas, a quién se venera tradicionalmente, año tras año en el monasterio, y debajo, su limosnero.

                                                                               
                                                                               
La tribuna, en su nueva ubicación desde los años 50, tras los destrozos bélicos.

Parece ser que era en este lado de la iglesia donde se ubicaba la cabecera, y donde los revolucionarios colocaron, según nos contaba nuestra anfitriona, una bomba, provocando un gran destrozo, ardiendo todo el retablo y el resto de las dependencias próximas.

Las monjas tardaron veinte años en poder usar de nuevo la iglesia, nos informaba Sor Covadonga.


Debajo, la urna con los restos de San Pelayo, obra, en 1926, de unos talleres de arte religioso.

Como detalle, uno de los angelitos músicos que la decora, es un niño-ángel gaitero. Todo un guiño al cenobio asturiano que acoge, desde el siglo X, los restos del niño mártir.


Sor Covadonga se extiende especialmente en la explicación del cambio de advocación: de San Juan Bautista a San Pelayo, y nos lo cuenta con esa dialéctica que tienen las personas de las órdenes religiosas, musicalizada con esa oratoria cantarina, entre dulce y decidida, ganándose al auditorio que la escuchaba con gran atención.

Tras el asombroso relato (desconocido para muchos) nos conduce al coro, situado tras el baldaquino que alberga el altar y la urna de San Pelayo.
                                                                                  

Resulta muy bello el conjunto de tallas en madera de nogal, donde las monjas cantan todas las mañanas y al atardecer sus piezas de la Liturgia de las horas: las laudes y las vísperas en gregoriano, culto abierto a todo aquel que quiera rezar y admirar su vida y tarea en este remanso de paz que es el Monasterio de San Pelayo, un lujo en el centro del Oviedo inicial.

Bajo estas líneas, la imagen del niño mártir, Pelayo, bajo su palma martirial, tallado en uno de los respaldos de la sillería del coro.
                                                                             

En un momento del encuentro, Sor Covadonga interpretó para el grupo una deliciosa pieza en la cítara, instrumento cordófono que, según nos demostró, domina.
Un sonido mágico el de esas cuerdas entre sus dedos, que fue para todos como una especie de ligero bálsamo para el alma.
                                                                            

Después, un paseo por la zona del claustro románico, cuya datación, aunque no es lo más antiguo del origen del monasterio, sí que lo es de lo conservado, pues aún se pueden ver algunos arcos, columnas y capiteles de lo levantado en época de Fernando I el Magno, primer rey de Castilla, que visitó durante su reinado, en el siglo XI, dicho cenobio, para venerar las reliquias del niño Pelayo.                                                                        

                                                                             
Tras el pequeño paseo por la zona del claustro, los restos del románco y el barroco, Sor Covadonga nos mostró otras dependencias como la antigua Sala Capitular, convertida en Refrectorio, con un púlpito para la sor lectora, que recibe la luz de una ventana situada a sus espaldas.
                                                                       

                                                                            

Y para ir finalizando, un recorrido por las dependencias abiertas a posibles peregrinos, antigua residencia de señoritas-estudiantes: la cocina, la sala común, el sencillo salón de actos con unas vetustas butacas tapizadas con un entrañable hule de flores muy "setentero"...
                                                                               

El jardín de uno de los patios, con la fuente central con forma octogonal, número de gran simbolismo...
                                                                             

Y un salón destinado a posibles reuniones de asociaciones, grupos, etc... donde ya nos despedimos haciéndonos las fotos con Sor Covadonga y agradeciéndole todo su cariño y tiempo dedicado con un pequeño donativo de todos nosotros, recogido en un pequeño saco de tela.
                                                                           

Varios quisieron hacerse una foto con Sor Covadonga, como el titulado superior del Área de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, Eugenio Corpas y otras amigas de la Asociación.  
                                                                           


 Bajo estas líneas, servidora, posando con Sor Covadonga y con Laura Díez.
                                                                                  

Si os ha quedado más curiosidad por conocer más cosas, tanto acerca de la Asociación Trece Rosas Rojas, como del Monasterio de San Pelayo, os paso el acceso al blog de la asociación, para que conozcáis un poco más su tarea: http://asociaciontrecerosas.blogspot.com.es y también el del Monasterio de San Pelayo, www.monasteriosanpelayo.com de cuyo exterior e interior yo también podré contaros todos aquellos conocimientos que voy adquiriendo en ésta y otras visitas a su interior y en mi tarea como guía de Turismo.

Sólo tenéis que contactar con mi página web: www.visitasguiadasporasturias.com y quedamos ante la fachada de "las pelayas" para seguir viviendo Oviedo desde sus orígenes.

Por último, me gustaría agradecer la acogida que me dieron en este grupo de la asociación "Trece rosas rojas", tanto de su presidenta, Laura, como del resto de la directiva y recordar desde aquí, pasen los siglos o años que pasen, a aquellas personas de bien que han sufrido tortura o han sido asesinadas por mantenerse firmes en sus creencias y renegar de las imposiciones de los tiranos.