sábado, 22 de febrero de 2014

El bosque de la vida

Va acabando febrero, mes túnel, incierto y falso, aparentemente aburrido, pero lleno de recovecos y sorpresas.

A nuestro alrededor, lo que queramos elegir para combatir en nuestro tiempo libre estos inquietantes días: las calles de una ciudad, el campo, una playa desierta, o simplemente, nuestra casa. 

Para sentirme en paz, a veces, cuando hace bueno, me pierdo por el campo.
                                                            

La montaña en febrero y con sol es un espectáculo ambiguo: alegre y prometedora, pero aún en plena desnudez, con esos árboles sin hojas, que parecen brazos en plegaria constante...

El sol en febrero llena de suave calor y luz tamizada los senderos, recién abiertos por los ganaderos, necesarias vías para el tránsito de vacas, caballos, ovejas, y cuyos suelos, áun húmedos, revelan las huellas del paso de otros cuadrúpedos habitantes de estos no tan apartados paraísos: corzos, zorros, jabalíes, tejones, etc...
                                                            

Los pájaros, a lo suyo, compiten con sus cantos, escondidos en sus nidos recién estrenados.
Maravilloso concierto gratuito de aguerridos y valerosos tenores.

Los árboles, los seres del bosque más estáticos junto con las piedras, como los cuerpos humanos en invierno, se dejan acariciar en su recia dignidad, muertos o vivos, por la tibieza de la aún débil fuerza del sol. 

Los árboles nos miran al pasar. Están vivos, o no. Algunos de ellos nos superan con creces, en edad.
Nunca te has parado a pensarlo?                                                     
                                                           

No has abrazado aún a un árbol? No sabes lo que te pierdes... Pruébalo!
                                                               

Plantas parásitas osan asomar sus hojas por entre las cortezas de los vetustos troncos de los habitantes de la foresta.

La vida vuelve.
                                                           

Por los senderos, por los caminos, a ambos lados, las piedras que, como en la vida de los humanos, son sorteables o tropezables, pueden ser reutilizadas, como en la vida de los hombres, para hacer muros, lindes, peldaños...
                                                           

Algunas, apartadas por la mano humana, las aguas o el barro, viven su eterna dignidad acompañadas por el tapiz del musgo que las camufla en amigable simbiosis.

                                                                

Los bosques salvajes son, generalmente, una reunión involuntaria, espontánea, de especies arbóreas, como ocurre en las distintas convivencias, no elegidas, de los seres humanos.

Ellos no tienen la oportunidad de levantar sus raíces de la tierra e irse del bosque, nosotros sí que podemos salir de un entorno que no nos guste, aunque en algunas ocasiones, arrancar las raíces, nos resulte realmente complicado.

Allí, en el bosque, crecen unas y otras especies disputándose la luz, el agua, la tierra, sin apenas hacer ruido, salvo cuando uno de ellos cae empujado por los poderosos vientos que arrancan los débiles cepellones y derriban a los colosos más vulnerables, o el temible rayo hiere a alguno de sus hermanos con su descarga celestial.
                                                                


Gigantes, observadores, bien podrían revelarnos secretos de caminantes, de carreteros, de aldeanos, de depredaciones, de nacimientos, de lamentos y muertes, de explosiones de vida y de ciclos de sueños y despertares. 

Los árboles...

En Asturias, nuestros autóctonos castaños, robles, hayas, coníferas o los intrusos eucaliptos, etc, conviven en armonía, o no, con los habitantes del sotobosque: acebos, ruscos, laureles, helechos, zarzas, etc y acogen entre sus ramas y hojas punzantes, pájaros y pequeños mamíferos que te asustan al pasar, en su precipitado escondite.
                                                            

Esta semana que acaba también me he internado, algo más de lo habitual, en el bosque de los humanos, y he podido compartir buenos e interesantes ratos con personas muy dispares a los que, curiosamente, unía un denominador común: la soledad.
                                                                

Sus estados civiles y personales: viudedad, orfandad, divorcio, separación...

Soledades esperadas, deseadas, no elegidas, aliviadoras...

Todos ellos y ellas coincidían, dentro de sus diversas inquietudes, en la esperanza y la continuidad en el camino de la vida.
                                                          

Estos diversos encuentros, alguno sorpresivo, han enriquecido mi semana. 

Son personas a las que conozco de diferentes etapas de mi vida, en distintas situaciones y con los que he compartido escenarios bien distintos. 

Son personas-árboles, como el resto. 

Soportadores, como todos, de situaciones duras, adversas, dolorosas, que les han obligado al reaplentamiento vital, profesional, personal, a la reflexión, a la reinvención.

Nos suena, verdad?
                                                               

Ellas no lo saben pero, aunque nuestros encuentros se han sellado con un abrazo y cariñoso y las típicas promesas de no dejar pasar tanto tiempo entre café y café, yo desde aquí les doy las gracias por todo lo que ellos y ellas, sin saberlo, me han entregado en un saquito lleno de golosinas para el alma que me he llevado en secreto y que me servirá para nutrir mi espíritu en los últimos días de este mes del año que detesto especialmente.
                                                                  

Sea cuando sea, cuando te apetezca, no te prives, abraza a tus personas, abraza a un árbol, es una maravillosa terapia, gratuita, desinteresada, absolutamente "natural" y adictiva.

Lo mejor te lo llevas tú!