martes, 12 de febrero de 2013

En memoria de la obra de Víctor Hevia, grabada en las piedras de Oviedo

Una de las frías jornadas de este gélido febrero, tuve el placer de pasear, en una desierta tarde ovetense, marcada por los rigurosos matices del invierno, con la escultora Paz Hevia, nieta de Víctor Hevia (Oviedo 1885-Oviedo1957) escultor, académico, restaurador e intelectual, todo un personalidad de relieve en la Historia del Arte del incio del siglo XX en Asturias.

                                                                                  
La intención de este post no es la de descifrar minuciosamente la obra de este significado escultor, ya que es el relato de un interesante encuentro. Los datos sobre su trayectoria se encuentran en las mejores bibliotecas de Asturias y España y en varias publicaciones selectas.

Aunque lógicamente, yo os voy a aportar algún dato de mi propia cosecha, sobre todo tras haber compartido toda una tarde con su nieta, Paz, que me reveló muchos detalles de la obra de su abuelo, de su figura y del tratamiento que se le ha dado y se le da, en la actualidad artística asturiana.

Febrero, aparentemente soso (a pesar del Carnaval) y frío, tiene mi agenda llena de citas inesperadas, interesantes, aportadoras y que me están sirviendo para colorear cada uno de los días de este mes que, por motivos personales y afectivos, no me cae especialmente simpático.

La cita fue ante el monumento de Leopoldo Alas "Clarín", que está ubicado en el Campo San Francisco.
La foto que os muestro, obviamente está hecha en otra época y día del de la cita.


La obra, un conjunto arquitecto-escultórico, realizado al alimón por Hevia y Manuel Álvarez Laviada (Trubia 1894-1958) se inauguró en 1931 sufriendo a los pocos años los desperfectos causados por la Guerra Civil que padecieron todas las obras escultóricas, iglesias, casas, monumentos, Catedral, etc de todas las ciudades de España...

Parece ser que en la parte trasera del monumento había un bajo relieve realizado por Laviada: "La verdad desnuda" que representaba a una mujer con una túnica abierta, todo un escándalo para la época. 
Esa obra escultórica está desaparecida.

La obra de Víctor Hevia y su intervención, decora, de una u otra manera, el Campo de San Francisco, lugar de adiestramiento en materia de emociones en la vida de los infantes que, como yo, nos pasábamos las tardes y mañanas trotando por sus asfaltos, despellejándonos rodillas y brazos cuando estrenábamos bicis, patines y columpios, subiéndonos a sus seres alados pétreos, dándo de comer a las palomas, retando a los intrigantes pavos reales y refrescándonos finalmente en la fuente del Caracol, tras una intensa jornada de juegos infantiles.

Quién no conoce "Amor y Dolor"?



 Son dos bustos de 1925 realizados a partir de la obra de un joven escultor, Julio Antonio, fallecido tempranamente que flanquean una de las salidas al Paseo de los Álamos.

Ya en este paseo, el omnipresente grupo escultórico dedicado a José Tartiere (1933) realizado, asimismo, en colaboración con Manuel A. Laviada.

Enclavado en un punto estratégico de la ciudad, la intersección de las calles Uría con Fruela y con la Plaza de la Escandalera de frente, esta obra, ejecutada a partir de haber ganado un concurso a nivel nacional, rinde homenaje a este industrial (fundador, entre otros de los temas que emprendió, del desaparecido periódico La Voz de Asturias) y cuya estatua está hecha en bronce, y a otros mundos representativos de la Asturias de entonces y de siempre: la mina, el comercio, la industria, la navegación...hoy en día, adelgazados, e incluso amenazados de desaparición.

Antes de que comenzara a diluviar, posamos ante el emblemático monumento, en el cual, los niños y niñas de las décadas de los 60 y 70 (y anteriores, imagino) tratábamos de encaramarnos al regazo de Don José, aún a riesgo de mancharnos con la pátina del bronce y ante la terrible amenaza y multa de los "vallaurones", guardias del Campo San Francisco, vestidos de marrón, con correajes de cuero y sombrero canadiense,  a los que temíamos más que al "coco".

    
De ahí, y ya con el diluvio encima, a la acera de la Calle Fruela donde se ubica el edificio popularmente conocido como "El Termómetro" y desde donde se puede admirar mejor el imponente escudo que corona la fachada principal de la Junta General del Principado, otra de las obras de Hevia, ya por entonces un artista de reconocido prestigio.


                                                                             
En este año se celebrarán los 100 años de su instalación, para la cual, el joven Víctor Hevia vino desde Roma, donde estaba perfeccionando su formación como artista.

Figuras alegóricas del Trabajo, las Artes y las Ciencias flanqueando a la Corona Real y a la Cruz de la Victoria, símbolo del Principado de Asturias, hojas de roble y laurel y otras simbologías se pueden ver en esta bella composición, restaurada en un par de ocasiones.

 Ya en la Calle Fruela, nos detuvimos ante la placa de Fermín Canella (1924) 

                                                             
Canella, que fué rector de la Universidad de Oviedo y cronista de Asturias, formó parte, como Hevia, su fundador, del Centro de Estudios Asturianos y de la Comisión de Monumentos.

Si nos fijamos en las columnas que enmarcan la placa, nos daremos cuenta de que son copia de las de fuste sogueado que se pueden admirar en Santa María del Naranco.

Una parada ante la fachada del edificio histórico de la Universidad de Oviedo y el recuerdo de la iniciativa de su abuelo, en 1916 cuando formaba parte como fundador del conocido grupo cultural "La Claraboya", de una de las primeras exposiciones de Arte de los artistas asturianos de la época, en el claustro de la Universidad.

Víctor Hevia ya tenía cierta práctica en esto de las exposiciones, ya que había protagonizado años antes, en 1911 la primera muestra de un artista-escultor asturiano, en un establecimiento de la Calle Cimadevilla.
Todo un pionero.

Otra de las huellas escultóricas que se pueden encontrar en la ciudad, es esta placa, en este caso, en bronce, dedicada a Santiago Ramón y Cajal, hecha por encargo del Colegio Médico en 1924 ubicada en la esquina del Edificio Histórico que da a la confluencia de las calles San Francisco y la calle Ramón y Cajal, de cuya placa recibe su nombre.


                                                                          
 Soplaba el viento en la Plaza Porlier y la artista Paz Hevia me desgranaba sin descanso más detalles sobre la obra, no sólo escultórica, sino también interventora de su abuelo, que tan bien conoce como auténtica seguidora, catalogadora, recuperadora y defensora de la misma, y me reveló que Víctor Hevia logró que se declarara, a inicios de los años 30, Monumento Histórico al que hoy es el Museo Arqueológico de Asturias y que está ubicado, como todo el mundo sabe, en el antiguo Monasterio de San Vicente, punto neurálgico en los orígenes de la fundación de Oviedo.

Ya ante nosotros, la escultura de Alfonso II el Casto, en el lateral izquierdo de la fachada de la Catedral.


El sol, que ya se despedía a esa hora por el occidente, "acariciaba" débilmente la fachada oeste de la Sancta Ovetensis

Allí estábamos de charla, ante la imagen del rey Alfonso II, solas en toda la plaza, cuando dos simpáticos gallegos, procedentes de la Calle Gascona, de donde querían "haber tomado unos culinos" se ofrecieron para hacernos la foto que aquí aparece.

La estatua de Alfonso II el Casto fue realizada por Hevia en 1942 con motivo de la consagración de la Cámara Santa, reconstruída por él mismo tras los atentados de la Revolución de 1934 y la Guerra Civil en 1936 que arrasaron, no sólo la Cámara Santa, sino también el pináculo de la Torre de la Catedral, y otras dependencias, muros y detalles de la misma.

Ya por último visitamos en la Catedral, la capilla de Nuestra Señora de Covadonga, con las recientes restauraciones al descubierto, hecho constatado por Hevia, según me contó su nieta Paz, pues en las intervenciones que su abuelo había realizado entre 1919 y 1921 ya se conocía la conexión entre los muros de esa capilla y la Cámara Santa, así como los cimientos de la Torre de San Miguel y su posterior evolución, vestigios pétreos, testigos de esa evolución del Prerrománico al Románico que se ocultaron tras un inmenso y poco afortunado retablo que hubo que retirar hace pocos meses porque tenía carcoma.
¡Bendita sea, ...en este caso!

Asimismo, y ya para finalizar, nos adentramos en la gran obra reconstructora  de Víctor Hevia: la Cámara Santa.

Como también había hecho en la base de la Torre de San Miguel, Hevia catalogó y numeró paciente y minuciosamente todas las piedras, sillares, fragmentos del Apostolado, etc que resultaron "heridos", casi mortalmente, en las agresiones bélicas del 34 y del 36.

Bajo estas líneas, la placa que se puede ver a la entrada de la Cámara Santa, como reconocimiento a la labor restauradora de Víctor Hevia en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo.


Paz me ofreció una visión muy interesante al destacarme las partes que "aguantaron" la dinamita y la metralla, y las que hubo que reconstruir con auténtico mimo y devoción. Asimismo, también me señaló algunas huellas de aquellos ataques, que aún pueden verse en algunas de las esculturas y muros.

Al salir, pues ya los responsables de la Catedral nos vinieron a avisar... ¡se nos había pasado la tarde volando! un guiño a la gran escultura románica de El Salvador, bendicente desde el siglo XIII y que también Víctor Hevia había restaurado, así como algunas de las esculturas que se hallan en el claustro.
Pero eso ya, lo dejaremos para otro momento... ¡no tan frío, por favor!

Gracias, Paz. La memoria de la obra de tu abuelo, Víctor Hevia, ha de seguir manteniéndose viva, bien sea en bronce, piedra, o en letra, a través de las publicaciones de los estudiosos, o en los post de humildes blogueras-aficionadas al mundo del Arte como quien esto escribe.