sábado, 15 de septiembre de 2012

Vannes y Auray, en la rotunda y dulce Bretaña francesa

He tenido la suerte de haberme podido escapar unos días (¡muy pocos!) a la Bretaña francesa. 

Como toda Francia, ésta es una preciosa región, histórica y muy cuidada. 

Muy medieval y cuidadosamente conservada, aunque su pasado se remonta a siglos anteriores al Medievo, la Bretaña mantiene, respetuosamente sus calzadas empedradas y sus edificios con las estructuras de madera que delatan su pasado histórico, coronados con sus techumbres de pizarra y abrazados por sus sólidos muros de piedra. 
Sus pequeñas villas se tejen de callejuelas repletas de misteriosos portales, patios semiocultos, soleadas plazas, sorprendentes construcciones, civiles o religiosas, cuidados ateliers de los artistas bohemios de la zona y exquisitas brocanteries donde encontrar, seguro, curiosas antigüedades y detalles para regalar, o para decorar tu propia casa. 

Si a toda esta belleza urbanística añadimos el sabor (gastronómico) inequívocamente francés de todas las delicias que ayudan a recobrar fuerzas al agotado viajero tras su intenso periplo, el recuerdo que nos llevaremos de la Bretaña será inolvidable.

Os paso unas fotos, para que disfrutéis un poco, aunque sea de lejos; toméis nota, y os acerquéis por allí en alguno de vuestros huecos vacacionales.

Vannes y Auray fueron mis destinos, recorridos con avidez e intensidad.

Tras este rotundo cambio de aires, una vuelve renovada, que buena falta hace!





                                                                              
Simpático el nombre del restaurante, no?
En Francia hacen mucha paëlla, pero la que yo he visto e incluso probado, es muy poco parecida a nuestra paella valenciana.

Si seguimos callejeando, pronto nos encontraremos, impactante, en medio del pueblo, la catedral, dedicada a San Pedro.

Sus orígenes son románicos. De hecho aún quedan restos del primitivo claustro, del cual os ofrezco una foto, bajo la de la portada.




En el coro está enterrado San Vicente Ferrer.


La catedral hubo de ser reconstruída en parte en su fachada occidental, en el siglo XIX, y se nota el toque neogótico que sigue la tendencia arquitectónica de la época impuesta por el reonombrado arquitecto Violet Le Duc.

Vannes tiene un interesante pasado que conviene repasar antes de patearse sus étroites rues. http://es.mairie-vannes.fr

En cuanto al ayuntamiento, de un estilo neorrenacentista, ya véis que es magnífico.
Oh, la Grandeur française!


Otros detalles peculiares: las tallas en madera de algunas de las casas medievales.
Reproducciones,o en algunos casos, originales de figuras de animales fantásticos, o vinculados a la fauna local, como protectores de las viviendas contra los males que acechaban en la época, ubicados como ménsulas, en las vigas exteriores. Una tendencia muy seguida en el Arte Románico de todo el mundo.




Y si váis a la Bretaña, sería un pecado que no probárais, en cualquiera de sus pequeños restaurantes, sus riquísimas galettes, una especie de crêpes dobladas en cuadrado, hechas en una sartén con esa forma, con harina de trigo sarraceno, y que combinan estupendamente con cualquier manjar salado que se le ponga encima: huevo, salchicha, carne, vegetal...y, por supuesto, para beber, no puede faltaros la famosa cidre bretona (nada que ver con la sidra asturiana).

Un menú con un precio irresistible y que os va a dejar más que satisfechos para seguir el recorrido!

                                                                          
A pocos kilómetros de Vannes, está Auray, un precioso pueblecito costero que, aún siendo turístico, mantiene el encanto de los lugares no demasiado explotados ni inundado por riadas de turistas . Lo justo para poder disfrutar de él con la calma y la atención que se merece.

En la foto de abajo, una de las numerosas galerías de arte que te puedes encontrar en los bajos de los edificios antiguos.
Los bretones son muy artistas: pintan, hacen cerámicas muy bonitas y diseñan unas joyas muy originales. Todo ello en casas tan preciosas como ésta.
En un entorno tan histórico y tan especial, con el pequeño puerto, el viejo puente, y las murallas enfrente ¿qué artista no se inspira?



Una casita de pescadores, justo sobre el puerto. En puertas y ventanas, el característico azul...

                                                                             
En la foto de abajo, las murallas, en la embocadura del pequeño puerto.
Son vestigios de sangrientas batallas, como la de 1364 http://www.auray-tourisme.com


                       
Y como véis, me siguen llamando poderosamente la atención los ayuntamientos de estas pequeñas, pero históricas y trascendentes localidades francesas, que son, absolutamente señoriales.
Por si fueran poco bonitos, fijaos en las bolas de geranios que adornan la Mairie.

Y el lema de la República francesa que no puede faltar, en la cornisa, bajo el frontón: Liberté, Égalité, Fraternité.


Tras recorrer Auray, un descanso y un delicioso helado hecho en una heladería artesana de las muchas que abundan en las zonas de costa.
La Bretaña francesa no se conoce en un viaje, ni en dos. Requiere su tiempo, y además, engancha!

                                                 
Siguiendo la ruta por la region de la Vendée, no pude resistirme a hacer una foto de este antiguo indicador kilométrico de cerámica, típico de los años 50-60, situado en la zona baja de las fachadas de las casas, en los cruces de las carreteras.
Aún lleva la autoría de su fabricante: Michelin.

                                                                                
Y ahora, a disfrutar de nuestro otoño en Asturias, que tampoco está nada mal!

jueves, 13 de septiembre de 2012

Despedida a Eduardo González, un entregado corazón

Se acaba este verano 2012 y, por unos motivos u otros, aunque sí que os he dado recientemente cuenta de algunos de mis trabajos periodísticos estivales (en el post anterior), no he podido reunir el tiempo que se merece este espacio para, tranquilamente, compartir o contaros algunas de las cosas que he vivido en este tiempo de descanso para muchos, de trabajo para otros, de incertidumbre y búsqueda, sin duda, para cada vez más personas.

Como la vida es un río que discurre a distintas velocidades, a veces, vorágine, otras remanso, tenemos que dar rienda a nuestro corazón, según vengan las aguas. 

Este verano hemos vivido la pérdida de varias personas significativas de nuestra sociedad y, aunque este blog no está especializado en este tipo de crónicas necrológicas, la verdad es que, como "me estoy haciendo mayor", no pasa mes que no reciba la noticia de la desaparición de algunas personas conocidas que me deja, en algunos casos, un tanto afectada.

Hace unos días despedíamos a uno de los médicos más encantadores que he conocido, Eduardo González, cardiólogo en el Ambulatorio de La Lila, en Oviedo y miembro de una saga familiar de médicos e impulsores de uno de los clubs con más solera de Asturias: el Real Club de Tenis, en Oviedo.

A Eduardo le conocí mientras realizaba alguna de mis crónicas socio-culturales "La Lupa". Coincidí con él en algunas de los nombramientos de académicos en la Real Academia de Medicina de Asturias, celebrados en el Colegio de Médicos, o también como impulsor de la navideña "Fiesta del Pavo", que se celebra en el mencionado club deportivo desde 1992 y al que él y su familia pertenecen como socios fundadores. 

En la imagen inferior os ofrezco una de las fotos que, entre otras, realizó para aquella crónica, José Vallina, estupendo compañero gráfico del desaparecido (de momento?) periódico La Voz de Asturias.
Eduardo aparece posando, en la barra del bar del club, a la derecha de la imagen. Entre otros se encuentran su hermano Ignacio, a la izquierda de la foto, y a su derecha, Fernando Fuentes.

                                                                           
A Eduardo se lo llevó, hace escasos días, un cáncer devastador, con sólo 62 años. Sentí su muerte porque, en el tiempo que me tocó tratarle, siempre fue un hombre muy agradable del que siempre recibí una sonrisa y buenas palabras. 
También recuerdo de su entorno a su mujer, María José, a su padre el también fallecido y conocido doctor Eduardo González y su hermano Ignacio, con los que también coincidía en los eventos médicos.

Recuerdo que, con motivo de su mención en una de mis Lupas, me hizo llegar una cajita de bombones con una tarjeta de agradecimiento muy afectuosa. 
Quiénes le hayan conocido saben que esto que cuento era uno más de los cientos de detalles que tenía en el trato con las personas que le rodeaban. Era un médico y un señor especial, de los que hacen pensar que "siempre se van los mejores". 
 Desde mi pequeño rincón en la red, mi recuerdo y mi afecto a su familia que, sin duda, le está echando muchísimo de menos.

Os dejo el link de la crónica: http://archivo.lavozdeasturias.es/html/314811.html