miércoles, 2 de marzo de 2011

Ángel Pandavenes, por fin ante la imagen viva del rostro del Señor

              Foto: Pablo Lorenzana                                                                               

Se sea creyente o no, cuando una persona buena se muere, se tiende a pensar o a decir, que "ya hay un ángel nuevo en el cielo". En el caso del anterior Deán de la Catedral de Oviedo, con nombre de ser alado, Ángel Pandavenes, sin duda que, sea cielo o donde sea, descansa ya cerca de ese cuerpo sagrado que él veneraba a través del Santo Sudario de la Cámara Santa, y que divulgaba y estudiaba con febril dedicación.
Ahora, Ángel, está viendo el rostro en positivo, de la imagen en negativo, como las fotos, que de su cuerpo, captó, según la creencia, el lienzo santo que se exhibe en la Catedral, tres días al año.
Conocí a Ángel Pandavenes cuando fue nombrado Deán de la Catedral. Le llamé para hacerle una entrevista de bienvenida en la radio, y acudió conduciendo su propio coche. De entrada me llamó la atención su mirada, llena de paz y de verdad. Su sonrisa limpia y fresca.También su excelente porte y su complexión atlética. Ángel Pandavenes hablaba sin parar de su nueva tarea, como también lo hizo en entrevistas posteriores sobre el Santo Sudario y el congreso que preparaban sobre el tema y que culminó con la publicación del libro «Oviedo relicario de la cristiandad. Actas del II Congreso Internacional sobre el Santo Sudario». También, ya a micrófono cerrado, me relataba con orgullo, su faceta deportista, pues parece ser que jugaba tan bien al fútbol "que el Madrid vino a por él, pero él les dijo que no, que él era cura" según recordaba con simpatía su sobrino y ahijado y compañero de La Voz de Asturias, el bueno de Nacho Pandavenes, aún ambos con los ojos llorosos.
Siempre que le encontraba en alguna de las crónicas que cubría en la Catedral, en algún evento, o bien por la calle, nos parábamos y hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Era encantador y de conversación muy reconfortante.
Hoy martes, dos de marzo, como dijo el Arzobispo Jesús Sanz "ninguno de nosotros tenía apuntada esta cita en nuestra agenda, ni Ángel tampoco". Fue el día en que numerosísimos ovetenses le despedimos en su Basílica amada.
Hace algo menos de un mes le llamé a su casa, ya que, inmersa en el Curso de Guía de la Catedral que he realizado, y orientada por Agustín Hevia, uno de los canónigos profesores del mismo, junto con José María Hevia, ambos presentes en la ceremonia de despedida al ex deán, me dirigí a él, en primer lugar por saber cómo estaba (yo ya sabía, como todo el mundo, que estaba enfermo) y, en segundo lugar, para que me asesorara en mi trabajo de fin de curso, de temática bien conocida por él.
Al escuchar su voz mermada al otro lado del teléfono me dí cuenta de su gravedad, pero, a pesar de eso, él, sin parar de hablar, me describía sus vicisitudes médicas. Comprendí que no debía molestarle con mis cuestiones académicas y le pedí que no se esforzara más. Esa fue la última vez que charlé con él, aunque hoy, durante el funeral, no podía dejar de recordar su voz, su alegre disposición y su cariñoso trato.
Ayer leí la noticia en la prensa digital. Mi corazón se encogió. 

                                                                            
La Catedral, cuyas verjas de la lonja se abrieron de par en par para el funeral, se preparaba en la gélida tarde de hoy, llamando desde su campana en triste toque de difunto.
El magnífico retablo y el interior, iluminados para la sagrada gala de despedida. La nave central y las laterales se llenaron de familiares: sus siete hermanos, sus casi treinta sobrinos, más los sobrinos nietos que ocuparon varios bancos de las primeras filas. Yo me senté con la Capilla de los Vigiles a mi izquierda, la que él había soñado para convertirla en el baptisterio que le falta a la Catedral.
Entre el numerosísimo público, compañeros de investigación del Instituto de Sindonología venidos desde Valencia; varios alcaldes como Cándido Vega, alcalde de Ponga, de donde él era; el de Oviedo, Gabino de Lorenzo, el equipo de Gobierno municipal, la cronista de Oviedo, Carmen Ruiz-Tilve; el alcalde de barrio del Oviedo Antiguo, José Antonio Suárez; amigos de la familia como Jesús Serafín Pérez; profesores universitarios como Adolfo R. Asensio; personal de las Fuerzas de Seguridad como el delegado de Defensa Baldomero Argüelles, el coronel de la Guardia Civil José María Feliz, el teniente coronel  Eduardo M. Viqueira y el jefe de la Brigada de Seguridad Ciudadana de la Policía, Manuel Lorenzo, la única persona, junto con otra señora pariente del deán fallecido que aguantaron respetuosamente a pie firme desde su entrada en la basílica hasta que Monseñor nos indicó que nos sentáramos. Otros amigos y compañeros del angelical sacerdote fallecido, como el hermano marista Serafín Rodríguez, o Mary, la antigua encargada de la cafetería de la Casa Sacerdotal, por citar algunos, también sintieron hondamente su pérdida.
Oficiando la ceremonia cantada, el arzobispo Jesús Sanz, "arrancado" por la triste celebración, del encuentro nacional de obispos, arropado por el nuevo Deán, Benito Gallego, muy afectado en sus palabras de despedida a su predecesor, el vicario Juan Antonio Menéndez, el abad de Covadonga Juan José Tuñón; canónigos veteranos como José Franco o Ramón Platero y todo el resto del cabildo que salieron en procesión a buscar el cuerpo de su compañero y a despedirle al coche funerario, un elegante Rolls Royce verde oscuro (a tal señor, tal honor) que trasladaría sus restos hasta el cementerio de Santa Marina de Piedramuelle, donde ya descansa.
También entre los asistentes, muchos sacerdotes y párrocos venidos de toda Asturias, entre ellos Fernando Rubio (San Juan), o José Luis Tuñón (San Isidoro).
Sanz, que oficia divinamente, recordó cómo el entonces Deán Pandavenes le recibió como arzobispo, dándole a besar la Cruz de los Ángeles, transmitió el abrazo del arzobispo Carlos Osoro y del obispo Raúl Berzosa y el del antiguo arzobispo de Oviedo Gabino Díaz Merchán "que aguarda en casa". También contó la última visita que le hizo, ya en el hospital, cuando Pandavenes no podía hablar y se comunicaba por una pizarra. "Espiritualmente me siento mejor que nunca" cuenta el arzobispo que le reveló en sus trazos. Jesús Sanz le besó la frente y le dijo "tiene usted la edad que tendría ahora mi padre".
También el nuevo arzobispo recordó que "el corazón de un sacerdote es un cofre de secretos".
Desde luego que los de Ángel Pandavenes debían de ser como los rayos de luz que desprenden las joyas del Arca Santa, a juzgar por cómo va a ser el recuerdo que nos queda de él a todos los que hemos tenido la suerte de conocerle.
Por fin, Ángel, le vas a poder contar directamente a Dios, que unos hombres, allá abajo, de esos que Él ha hecho hace mucho tiempo, andan investigando su ADN. Y tú, de primera mano, conocer esa divina secuencia de la vida eterna.

              Foto: Pablo Lorenzana